Conocí a Vale trotando en el bosque
platense, se unió al grupo al que yo pertenecía. En esa época éramos seis. Ella
tenía dos chicos, un varón de nueve años y una nena de doce, estaba separada,
trabajaba en una repartición pública y vivía en una casa muy hermosa.
Su novio, Richard, también era corredor.
Vivía en Balcarce, se habían conocido en una carrera de aventura en Tandil.
Cada vez que él venía a La Plata, compartía el entrenamiento con nosotros y,
más de una vez, coincidimos en diferentes maratones. Éramos un grupo muy unido,
generalmente nos reuníamos una vez al mes a festejar cumpleaños o, simplemente,
para contar anécdotas y pasarla bien.
En una oportunidad fuimos a lo de Vale,
Richard hacía el asado. Como siempre terminamos cantando y divirtiéndonos
mucho. Pero lo especial de esa noche fue que, en la conversación durante la
cena, Richard la reprendió por aceptar a todos en su cuenta de Facebook, tenía
cerca de 100 mil amigos y eso ya le había traído problemas: alguien usó su
cuenta con malos fines.
-
¿Porqué tantos contactos? – pregunté extrañado.
-
Lo que pasa – me explicó – es que tengo un hermano al
que no conozco y quiero encontrar. Pienso que por Facebook capaz pueda
ubicarlo, por eso cada vez que me envían una solicitud de amistad la acepto.
-
Aaahh… – dije, pero no pregunté más, aunque me moría de
curiosidad.
Valeria era hija de desaparecidos. Sus
padres habían sido secuestrados por la dictadura cuando tenía tres años. Su
mamá estaba embarazada… Nunca se supo más de ellos. Su abuela la crió mientras
intentaba, como tantas madres, saber algo de sus papás y, por supuesto, del
otro nieto nacido en cautiverio.
A través de investigaciones, con ayuda de
las Abuelas de Plaza de Mayo, pudo saber dónde habían estado sus padres y que
su mamá había dado a luz un varón. Desde que tuvo uso de razón, Vale empezó a
buscarlo también. En su página de face le escribía cartas, le contaba cosas, le
decía cuánto lo necesitaba. A veces caía en pozos depresivos y su padrino
Alberto, una gran persona con la que hicimos buena amistad, intentaba sacarla, no la dejaba nunca sola,
vivía cerca y la acompañaba casi todo en tiempo.
Otras veces Valeria decidía irse a pasear,
recorrió muchos lugares de Argentina y conocía también Brasil. Las carreras, de
a pie o en bici, eran otra forma de escaparle a su obsesión, al trauma que le
causaba pensar en lo que padecieron sus padres y, que en algún lugar, tenía un
hermano el cual no sabía que ella existía. En las cartas le contaba que él tenía
sobrinos (sus hijos) y le hablaba de ellos.
Le gustaban los deportes extremos como
paracaidismo y trekking, y se destacaba en todo. Quien no la conociera bien,
nunca podría haber imaginado que sufría tanto. Era risueña, vital, muy sociable
y divertida. Un año y medio compartimos entrenamientos, carreras y reuniones.
Para su cumpleaños organizó una fiesta de disfraces a la que asistió mucha
gente y sentimos que lo había pasado realmente bien. Fue esa noche que Alberto
me contó:
-
¿Cómo?
-
Vino una mujer que dice haber estado con su mamá en el
pozo de Banfield.
-
¿Y qué pasó? ¿Tiene idea de dónde puede estar el
hermano de Vale?
-
No sé, no me contó casi nada, la veo retraída, creo que
le pegó mal…
-
Pobre, espero que lo supere pronto, le voy a decir a
los chicos que tratemos de no dejarla sola, que la llamen y la integren más que
nunca.
Recuerdo que esa conversación fue en
agosto. Dos meses después, un viernes de octubre, Valeria se fue a pasar el fin
de semana largo a Mar del Plata, sus chicos estaban con el papá y Richard se
reuniría con ella el sábado a medio día, al salir de su trabajo.
Con el grupo nos encontramos a las seis,
como todas las tardes, para entrenar. Pero, a diferencia de otros sábados,
recibimos la peor noticia que podíamos imaginar. Richard había hablado con uno
de los chicos y él nos contó:
-
Se mató Valeria…
-
¡¿Qué?!
-
¡Se mató Vale! – repitió – hoy a la mañana, se tiró del
departamento, se suicidó…
-
No puede ser…
Todos quedamos shockeados, no lo podíamos
creer. Hacía tan poco que habíamos festejado su cumple y se la veía tan feliz…
A nadie le había dicho nada raro… Se me vino a la mente la imagen de sus
chicos, ¡su abuela! Qué injusticia, pobre mujer, era como volver a sentir que
le robaban una hija: ella la había criado… Esta vez dos chicos quedaban
huérfanos de madre… Increíble. Cuánto daño, dos y hasta tres generaciones
diezmadas. Ahora de dónde sacaría fuerzas esa abuela para seguir…
Por mucho tiempo en el grupo nadie volvió
a sonreír, nos juntábamos pero casi ni hablábamos, sentíamos la garganta
anudada y, muchas veces, se nos llenaban los ojos de lágrimas. Richard se quedó
un par de días. Estaba destrozado, no la pudo salvar. Nos contó que lo había
llamado por teléfono para decirle que no aguantaba más, había decidido reunirse
con sus padres… Y por más que voló con su auto no alcanzó a llegar a tiempo.
Vale se arrojó del piso 20, dejando escrito en una hoja de papel:
“Extraño mucho a mis
padres, me voy a reunir con ellos”

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