miércoles, 27 de noviembre de 2013

Relato ficcional: HACIA EL REENCUENTRO

     Conocí a Vale trotando en el bosque platense, se unió al grupo al que yo pertenecía. En esa época éramos seis. Ella tenía dos chicos, un varón de nueve años y una nena de doce, estaba separada, trabajaba en una repartición pública y vivía en una casa muy hermosa.
     Su novio, Richard, también era corredor. Vivía en Balcarce, se habían conocido en una carrera de aventura en Tandil. Cada vez que él venía a La Plata, compartía el entrenamiento con nosotros y, más de una vez, coincidimos en diferentes maratones. Éramos un grupo muy unido, generalmente nos reuníamos una vez al mes a festejar cumpleaños o, simplemente, para contar anécdotas y pasarla bien.
     En una oportunidad fuimos a lo de Vale, Richard hacía el asado. Como siempre terminamos cantando y divirtiéndonos mucho. Pero lo especial de esa noche fue que, en la conversación durante la cena, Richard la reprendió por aceptar a todos en su cuenta de Facebook, tenía cerca de 100 mil amigos y eso ya le había traído problemas: alguien usó su cuenta con malos fines.
-         ¿Porqué tantos contactos? – pregunté extrañado.
-         Lo que pasa – me explicó – es que tengo un hermano al que no conozco y quiero encontrar. Pienso que por Facebook capaz pueda ubicarlo, por eso cada vez que me envían una solicitud de amistad la acepto.
-         Aaahh… – dije, pero no pregunté más, aunque me moría de curiosidad.
     Valeria era hija de desaparecidos. Sus padres habían sido secuestrados por la dictadura cuando tenía tres años. Su mamá estaba embarazada… Nunca se supo más de ellos. Su abuela la crió mientras intentaba, como tantas madres, saber algo de sus papás y, por supuesto, del otro nieto nacido en cautiverio.
     A través de investigaciones, con ayuda de las Abuelas de Plaza de Mayo, pudo saber dónde habían estado sus padres y que su mamá había dado a luz un varón. Desde que tuvo uso de razón, Vale empezó a buscarlo también. En su página de face le escribía cartas, le contaba cosas, le decía cuánto lo necesitaba. A veces caía en pozos depresivos y su padrino Alberto, una gran persona con la que hicimos buena amistad,  intentaba sacarla, no la dejaba nunca sola, vivía cerca y la acompañaba casi todo en tiempo.
     Otras veces Valeria decidía irse a pasear, recorrió muchos lugares de Argentina y conocía también Brasil. Las carreras, de a pie o en bici, eran otra forma de escaparle a su obsesión, al trauma que le causaba pensar en lo que padecieron sus padres y, que en algún lugar, tenía un hermano el cual no sabía que ella existía. En las cartas le contaba que él tenía sobrinos (sus hijos) y le hablaba de ellos.
     Le gustaban los deportes extremos como paracaidismo y trekking, y se destacaba en todo. Quien no la conociera bien, nunca podría haber imaginado que sufría tanto. Era risueña, vital, muy sociable y divertida. Un año y medio compartimos entrenamientos, carreras y reuniones. Para su cumpleaños organizó una fiesta de disfraces a la que asistió mucha gente y sentimos que lo había pasado realmente bien. Fue esa noche que Alberto me contó:
-         Apareció una mujer… - dijo entre el ruido y la música.
-         ¿Cómo?
-         Vino una mujer que dice haber estado con su mamá en el pozo de Banfield.
-         ¿Y qué pasó? ¿Tiene idea de dónde puede estar el hermano de Vale?
-         No sé, no me contó casi nada, la veo retraída, creo que le pegó mal…
-         Pobre, espero que lo supere pronto, le voy a decir a los chicos que tratemos de no dejarla sola, que la llamen y la integren más que nunca.
     Recuerdo que esa conversación fue en agosto. Dos meses después, un viernes de octubre, Valeria se fue a pasar el fin de semana largo a Mar del Plata, sus chicos estaban con el papá y Richard se reuniría con ella el sábado a medio día, al salir de su trabajo.
     Con el grupo nos encontramos a las seis, como todas las tardes, para entrenar. Pero, a diferencia de otros sábados, recibimos la peor noticia que podíamos imaginar. Richard había hablado con uno de los chicos y él nos contó:
-         Se mató Valeria…
-         ¡¿Qué?!
-         ¡Se mató Vale! – repitió – hoy a la mañana, se tiró del departamento, se suicidó…
-         No puede ser…
     Todos quedamos shockeados, no lo podíamos creer. Hacía tan poco que habíamos festejado su cumple y se la veía tan feliz… A nadie le había dicho nada raro… Se me vino a la mente la imagen de sus chicos, ¡su abuela! Qué injusticia, pobre mujer, era como volver a sentir que le robaban una hija: ella la había criado… Esta vez dos chicos quedaban huérfanos de madre… Increíble. Cuánto daño, dos y hasta tres generaciones diezmadas. Ahora de dónde sacaría fuerzas esa abuela para seguir…
     Por mucho tiempo en el grupo nadie volvió a sonreír, nos juntábamos pero casi ni hablábamos, sentíamos la garganta anudada y, muchas veces, se nos llenaban los ojos de lágrimas. Richard se quedó un par de días. Estaba destrozado, no la pudo salvar. Nos contó que lo había llamado por teléfono para decirle que no aguantaba más, había decidido reunirse con sus padres… Y por más que voló con su auto no alcanzó a llegar a tiempo. Vale se arrojó del piso 20, dejando escrito en una hoja de papel:

“Extraño mucho a mis padres, me voy a reunir con ellos”

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